jueves, 14 de agosto de 2008

El género en las memorias/ Elizabeth Jelin

Los trabajos de la memoria, Siglo Veintiuno editores, España 2001. Cap. 6

Si cerramos los ojos, hay una imagen que domina la escena «humana» de las dictaduras: las Madres de Plaza de Mayo y otras mujeres, Familiares, Abuelas, Viudas, Comadres de detenidos-desaparecidos o de presos políticos, reclamando y buscando a sus hijos (en la imagen, casi siempre varones), a sus maridos o compañeros, a sus nietos. Del otro lado, los militares, desplegando de lleno su masculinidad. Hay una segunda imagen que aparece, específicamente para el caso argentino: prisioneras mujeres jóvenes embarazadas, pariendo en condiciones de detención clandestina, para luego desaparecer. La imagen se acompaña con la incógnita sobre el paradero de los chicos secuestrados, robados y/o entregados, a quienes luego se les dará identidades falsas. De nuevo, del otro lado están los machos militares.

El contraste de género en estas imágenes es claro, y se repite permanentemente en una diversidad de contextos. Los símbolos del dolor y el sufrimiento personalizados tienden a corporizarse en mujeres, mientras que los mecanismos institucionales parecen «pertenecer» a los hombres.

En las imágenes televisivas ligadas al caso Pinochet desde su detención en Londres en octubre de 1998 hasta su procesamiento y detención en Chile a comienzos de 2001, la presencia diferencial de hombres y mujeres es también notoria. Las mujeres dirigen las organizaciones de derechos humanos que reclaman justicia y son las más visibles en las manifestaciones callejeras de apoyo y de júbilo por la detención. Son también mujeres las que defienden con todo su vigor emocional la figura heroica del General. Y son hombres quienes, en los tres costados del caso (los acusadores, los defensores, los jueces), manejan los aspectos institucionales del asunto.

¿Hay algo más para decir sobre género y represión? ¿O sobre género y memoria? El intento de encarar este tema está basado en la convicción de que, como en muchos otros campos de trabajo, a menos que se realice un esfuerzo consciente y focalizado para plantear preguntas analíticas desde una perspectiva de genero, el resultado puede remitir a la visión estereotipada según la cual las mujeres sufren y los militares dominan, o -una vez más lograr que el género se torne invisible y desaparezca.

La represión tiene género1

La represión de las dictaduras del Cono Sur tuvo especificidades de género. Los impactos fueron diferentes en hombres y mujeres, hecho obvio y explicable por sus posiciones diferenciadas en el sistema de género, posiciones que implican experiencias vitales y relaciones sociales jerárquicas claramente distintas 2.

Empecemos por las experiencias represivas corporales propiamente dichas, con las prácticas reales y con las víctimas directas de tortura, prisión, desaparición, asesinato y exilio. Existen diferencias entre países y períodos en los tipos de represión. También hay diferencias en las características demográficas de las víctimas directas. Hubo más hombres que mujeres entre los muertos y detenidos-desaparecidos. Esta diferencia parece haber sido más importante numéricamente en Chile que en Argentina o Uruguay. La proporción de personas jóvenes fue más alta en estos dos países. El golpe militar de 1973 en Chile fue dirigido hacia un gobierno socialista en ejercicio. La concentración de la represión sobre funcionarios y políticos que ejercían cargos gubernamentales implicó una presencia proporcional mayor de hombres adultos entre las víctimas directas. En Argentina, Uruguay y Brasil la represión más violenta estuvo dirigida a grupos militantes (incluyendo movimientos guerrilleros armados), donde había una fuerte presencia juvenil. La división sexual del trabajo imperante en estos países implica que los hombres son (y lo eran mucho más en los años sesenta y setenta) más numerosos que las mujeres en los roles «públicos» y en la militancia política y sindical. La diferencia entre la participación de hombres y mujeres fue menor en el movimiento estudiantil y en los movimientos armados, donde ya en esa época la presencia de mujeres era significativa.

También el poder que se ejerce y ejercita en la represión directa se da en el marco de relaciones de género. El modelo de género presente identifica la masculinidad con la dominación y la agresividad, característica exacerbadas en la identidad militar, y una feminidad ambivalente, que combina la superioridad espiritual de las mujeres (inclusive las propias ideas de “Patria” y de “Nación” están feminizadas) los rituales del poder en el escenario público (saludos militares, desfiles, etc.) tienen un caracter performativo en el que se despliega sin matices la dualidad entre el actor/poder masclino, por un lado y la pasividad/exclusión feminizada de la población o audiencia por el otro 3.

El poder masculino militar en la esfera pública, con sus rituales y prácticas de representación repetitivas en uniformes, desfiles exhibición de armas, etc., se acompaña por performances materializadas en cuerpos y en prácticas concretas en los espacios específicos de la represión y especialmente en los lugares de tortura. En efecto, allí la masculinidad de los torturadores se afirmaba en su poder absoluto para producir dolor y sufrimiento. La tortura era parte de una «ceremonia iniciática» en los campos de detención, en que se privaba a la persona de todos los rasgos de su identidad: la vestimenta, las pertenencia personales , la posibilidad de mirar y ver por capuchas y mordazas. “la propia humanidad entra en suspenso …] La capucha y la consecuente pérdida de la visión aumentan la inseguridad y la desubicación…] Los torturadores no ven la cara de su víctima ; castigan cuerpos sin rostros; castigan subversivos, no hombres” (Calveiro, 1998: 62). El uso de apodos animales -Tigre, jaguar, Puma- y las ceremonias iniciáticas de los nuevos miembros de los equipos torturadores son «momentos de exaltación, cuando el torturador se sentía como Dios, con poder para reducir al/a la otro/a a ser una víctima pasiva, a un cuerpo a ser penetrado» (Franco, 1992: 107).

La represión directa a mujeres podía estar anclada en su carácter de militantes activas. Pero, además, las mujeres fueron secuestradas y fueron objeto de represión por su identidad familiar, por su vínculo con hombres -compañeros y maridos especialmente, también hijos- con el fin de obtener información sobre actividades políticas de sus familiares5. La identificación con la maternidad y su lugar familiar, además, colocó a las mujeres en un lugar muy especial, el de responsables por los «malos caminos» y desvíos de sus hijos y demás parientes (Filc, 1997)4.

Todos los informes existentes sobre la tortura indican que el cuerpo femenino siempre fue un objeto «especial» para los torturadores. El tratamiento de las mujeres incluía siempre una alta dosis de violencia sexual. Los cuerpos de las mujeres -sus vaginas, sus úteros, sus senos-, ligados a la identidad femenina como objeto sexual, como esposas y como madres, eran claros objetos de tortura sexual (Bunster, 1991; Taylor, 1997). Hay que recordar también que muchas mujeres detenidas eran jóvenes y atractivas y, en consecuencia, más vulnerables al hostigamiento sexual.

Para los hombres, la tortura y la prision implicaban un acto de “feminización”, en el sentido de transformarlos en seres pasivos, impotentes y dependientes. La violencia sexual era parte de la tortura, así como una constante referencia a la genitalidad -la marca de la circuncisión entre víctimas judías como factor agravante de la tortura, las referencias al tamaño del pene para todos, la picana en los testículos, etc.- Era una manera de convertir a los hombres en seres inferiores y, en ese acto, establecer la “virilidad” militar6. Los hombres tenían que «vivir como mujeres», tomando conciencia de sus necesidades corporales: «ser como una mujer o morir como un hombre» (para un testimonio, ver Tavares, 1999).

La polarización entre lo masculino/femenino, atractivo/pasivo, estaba naturalizada entre los militares. También lo estaba en los grupos guerrilleros y en la sociedad como un todo. En las representaciones de la guerrillera por parte de los medios de comunicación de masas en la Argentina dictatorial, está presente la ambigüedad de la feminidad. Por un lado, aparece una imagen de mujer masculinizada, con uniforme y armas, un cuerpo que rechaza todo rasgo femenino. Pero también tienen que reconocer la existencia de guerrilleras que actuaban como jóvenes «inocentes», y se infiltraban con engaños para cometer atentados7. Como contrapartida, también en el movimiento guerrillero había dificultades para integrar la feminidad de las mujeres militantes. La aceptación de las mujeres quedaba siempre en duda y, cuando demostraban su habilidad en operativos armados, eran vistas como «pseudo-hombres» (Franco, 1992: 108). En algunos testimonios de ex militantes y ex presas, aparece también una auto-identificación des-sexuada o masculinizada.

Dado el sistema de género en las relaciones familiares, además de ser víctimas «directas», las mujeres fueron básica y mayoritariamente víctimas «indirectas», y éste es el rol en el que se las visualiza más a menudo: como familiares de víctimas -madres y abuelasprincipalmente; en menor medida esposas, hermanas, hijas, novias- Al tomar como rehenes a los hombres, el sistema represivo afectó a las mujeres en su rol familiar y de parentesco, es decir, en el núcleo de sus identidades tradicionales de mujer y esposa. Desde esos lugares, y como mecanismo para poder sobrevivir y sobrellevar sus obligaciones familiares las mujeres movilizaron otro tipo de energía, basada en sus roles familiares «tradicionales», anclada en sus sentimientos, en el amor y en la ética del cuidado -lógica que difiere de la política.

Dos tipos de acciones “típicamente femeninas” se dieron en ese contexto: en la escena pública, la creación de organizaciones de derechos humanos ancladas en el parentesco con las víctimas directas; en el ámbito privado, la lucha por la subsistencia familiar y la adaptación o cambio en función de las nuevas circunstancias. No es un simple accidente que las organizaciones de derechos humanos tengan una identificación «familística» (Madres, Abuelas, Familiares, Hijos, Viudas o Comadres). Tampoco es accidental que el liderazgo y la militancia en estas organizaciones sea básicamente de mujeres. Su carácter de género también se manifiesta en algunosde los iconos y actividades rituales de estas organizaciones: el uso de pañuelos y pañales, las fotografías y las flores.

Por otro lado, las mujeres debieron hacerse cargo del mantenimiento y la subsistencia familiar cuando los hombres fueron secuestrados o encarcelados. Muchas mujeres se convirtieron en las principales sostenedoras del hogar. En esas condiciones, y basándose en sentimientos y responsabilidades familiares, las mujeres debieron movilizar sus recursos personales para cuidar y alimentar, a veces en el espacio doméstico hogareño, otras en iniciativas comunales tales como ollas comunes y pequeñas empresas cooperativas.

Las tareas de la domesticidad y las responsabilidades ancladas en el parentesco son actividades que muchas mujeres deben llevar a cabo solas en diversos contextos sociales, en diversas circunstancias personales (divorcios, abandonos), y están ligadas a menudo a condiciones de pobreza. La situación de las mujeres que debieron hacerse cargo de esas tareas debido al secuestro-desaparición, al encarcelamiento o a la clandestinidad de sus compañeros es intrínsecamente diferente, para ellas y para sus hijos y demás familiares. En primer lugar, porque la situación de terror en quése vivía requería ocultamientos diversos, inclusive del dolor personal. Incluía intentar que los hijos siguieran sus actividades cotidianas «como si nada hubiera pasado», para evitar sospechas. El miedo y el silencio estaban presentes de manera constante, con un costo emocional muy alto. En numerosos casos, demás, la soledad fue un rasgo central de la experiencia: sea para no comprometer a otros parientes y amigos, sea por el alejamiento de éstos «por miedo» o por desaprobación social, el entramado social en el que normalmente se desarrollan las actividades cotidianas de la domesticidad fue totalmente destruido, quebrado, fracturado8.

El exilio es una historia diferente. A menudo, el exilio era el resultado del compromiso político de los hombres, y las mujeres debieron acompañar a sus parientes, no como resultado de un proyecto político propio sino como esposas, hijas o madres. Los efectos de la experiencia del exilio en esas circunstancias sin duda son diferentes a los de exilios ligados a un proyecto político o un compromiso público propio. Como en otros temas, el carácter de género de la experiencia del exilio es un tema sobre el que poco se sabe, aunque hay ya algunos testimonios.
Por supuesto, los hombres también fueron víctimas «indirectas». Y aquí, en líneas generales, son ellos los que se han vuelto invisibles. Poco se sabe sobre esta experiencia personal. En parte, no ha sido una vivencia demasiado extendida: la de ser compañero o familiar de activistas y militantes sin presencia pública propia. Pero, además, esta constelación familiar tiende a ser invisibilizada, porque contradice las expectativas y los patrones sociales «normales». Los testimonios existentes, como el de Emilio Mignone frente al secuestro y desaparición de su hija, pertenecen a figuras públicas, y sus relatos ponen el énfasis en el aspecto más público y activo del acontecimiento, sin mencionar los aspectos cotidianos y domésticos (Mignone, 1991).

Los regímenes militares implicaron transformaciones significativas en las prácticas cotidianas de hombres y mujeres. El miedo y la inceridumbre permearon espacios y prácticas de sociabilidad, especialmente en espacios públicos extra-familiares. En tanto los hombres tienden a ser más activos en estos espacios, posiblemente el impacto haya sido más agudo para ellos. Para la situación chilena, Olavarría menciona cuatro espacios públicos que fueron desarticulados por el «nuevo orden»: el lugar de trabajo, los partidos políticos, los sindicatos y la «noche». Estos espacios habían sido significativos en las vivencias masculinas hasta los años setenta, porque representaban instancias de «homosociabilidad, de encuentros entre hombres, que a la vez permitían vínculos y flujos constantes entre distintos sectores de la sociedad chilena» (Olavarría, 2001: 4). El efecto de este cambio producido por la represión de la dictadura limitó la amplitud de las redes y vínculos sociales, «especialmente de los varones, al ámbito de la familia, del vecindario más próximo y del propio trabajo» (p. 5). No se trataba de tortura corporal o prisión, sino de sentimientos de pasividad e impotencia (Olavarría, 2001).

La represión fue ejecutada por una institución masculina y patriarcal: las fuerzas armadas y la policías. Estas instituciones se imaginaron a sí mismas con la misión de restaurar rl orden “natural” (de género). En sus visiones, debían recordar permanentemente a las mujeres cuál era su lugar en la sociedad -como guardianas del orden social, cuidando a maridos e hijos, asumiendo sus responsabilidades en la armonía y la tranquilidad familiar- Eran ellas quienes tenían la culpa de las transgresiones de sus hijos; también de subvertir el orden jerárquico «natural» entre hombres y mujeres. Los militares apoyaron e impusieron un discurso y una ideología basadas en valores “familísticos”. La familia patriarcal fue más que la metáfora central de los regímenes dictatoriales; tambien fue literal (Filc, 1997)9.

Un nivel diferente. Mujeres y hombres recuerdan…

La experiencia directa y la intuición indican que mujeres y hombres desarrollan habilidades diferentes en lo que concierne a la memoria. En la medida en que la socialización de género implica prestar más atención a ciertos campos sociales y culturales que a otros y definir las identidades ancladas en ciertas actividades más que en otras (trabajo o familia, por ejemplo), es de esperar un correlato en las prácticas del recuerdo y de la memoria narrativa 10. Existen algunas evidencias cualitativas que indican que las mujeres tienden a recordar eventos con más detalles, mientras que los varones tineden a ser más sintéticos en us narrativas, o que las mujeres expresan sentimientos mientras que los hombres relatan más a menudo en una lógica racional y política, que las mujeres hacen más referencias a lo íntimo y a las relaciones personalizadas -sean ellas en la familia o en el activismo político-. Las mujeres tienden a recordar la vida cotidiana, la situación económica de la familia, lo que se suponía que debían hacer en cada momento del día, lo que ocurría en sus barrios y comunidades, sus miedos y sentimientos de inseguridad. Recuerdan en el marco de relaciones familiares, porque el tiempo subjetivo de las mujeres está organizado y ligado a los hechos reproductivos y a los vínculos afectivos (Leydesdorff, Passerim y Thompson, 1996).

En el caso de las memorias de la represión, además, muchas mujeres narran sus recuerdos en la clave más tradicional del rol de mujer, la de “vivir para los otros”. Esto está ligado a la definición de una identidad centrada en atender y cuidar a otros cercanos, generalmente en el marco de relaciones familiares. La ambigüedad de la posición de sujeto activo/acompañante o cuidadora pasiva puede entonces manifestarse en un corrimiento de su propia identidad , quriendo “narrar al otro”. En las dos acepciones de la palabra «testigo» presentadas más arriba, esto implica una elección de ser testigo-observadora del protagonismo de otro (un hijo detenido-desaparecido, por ejemplo), negando o silenciando el testimonio de sus propias vivencias -aunque obviamente éstas se «cuelan» en relatos que aparentemente están centrados en la experiencia de otros.

Las memorias de los hombres, y sus maneras de narrar, apuntan en otra dirección. Los testimonios masculinos se encuentran a menudo en documentos públicos, en testimonios judiciales y en informes periodísticos. Los testimonios orales, realizados en ámbitos públicos, transcritos para «materializar la prueba», se enmarcan en una expectativa de justicia y cambio político. Si bien el testimonio en esos ámbitos puede tener como efecto el apoderamiento y legitimación de la voz de la víctima, su función «testimonial» está centrada en la descripción fáctica, hecha con la mayor precisión posible, de la materialidad de la tortura y la violencia política. Cuanta menor emocionalidad e involucramiento del sujeto que narra, mejor, porque el testimonio oral tiene que reemplazar a las «huellas materiales» del crimen.

En realidad, lo que está implícito en el párrafo anterior es una diferenciación primera en el tipo o encuadre social de expresión de memorias, para luego poder preguntar acerca de las diferencias de género en ellas. El testimonio judicial, sea de hombres o de mujeres, sigue un libreto y un formato preestablecidos, ligados a la noción de prueba jurídica, fáctica, fría, precisa. Este tipo de testimonio público se diferencia significativamente de otros testimonios, los recogidos por archivos históricos, los solicitados por investigadores, los textos testimoniales escritos por sobrevivientes, testigos y víctimas, y las representaciones
«literarias», necesariamente distanciadas de los acontecimientos ocurridos en el pasado (Taylor, 1997, cap. 6; Pollak y Heinich, 1986) 11.

Hombres y mujeres desarrollan prácticas diferentes en cuanto a cómo hacer públicas sus memorias. Este tema ha sido estudiado para los sobrevivientes de la Shoah. Los testimonios más conocidos son de hombres -los grandes escritores como Primo Leví y Jorge Semprún-. Como señala Glanz, las mujeres escribían menos, pero además hubo menos mujeres sobrevivientes, porque el ser «portadoras de la vida» les confería una «peligrosidad especial. Para aniquilar una raza, había que eliminar a las mujeres ... »(Glanz, 2001: 11) 12. Pero, por supuesto, hubo mujeres que sobrevivieron y que, sea por necesidad personal o política o por intermediación de otros, contaron sus historias y sus memorias.

En los campos de concentración, hombres y mujeres estaban separados, de ahí que las narrativas dan cuenta de esferas y experiencias diferentes. Las narrativas de las mujeres ponen el énfasis sobre su vulnerabilidad como seres sexuales y sobre los vínculos de afecto y cuidado que se establecieron entre ellas. En los relatos, la sobrevivencia fisica y social está ligada a la reproducción y recreación de los roles aprendidos en la socialización como mujeres: el énfasis en la limpieza, las habilidades para coser y remendar que les permitieron mantener una preocupación por su aspecto fisico, el cuidado de otros, la vida en espacios comunitarios que permitieron «reinventar» los lazos familísticos (Goldenberg, 1990). De hecho, algunas evidencias de análisis de sobrevivientes de campos de concentración nazis indican que las mujeres resistieron «mejor» los intentos de destrucción de la integridad personal, debido a que sus egos no estaban centrados en sí mismas, sino dirigidos hacia su entorno y los otros cercanos.

La realidad demográfica es muy diferente en las dictaduras del Cono Sur, ya que, como estamos viendo, las mujeres pueden narrar las experiencias de los otros, las propias como víctimas directas (sobrevivientes de la represión en sus distintas formas), como víctimas «indirectas» o como militantes del movimiento de derechos humanos. Si bien no hay un estudio sistemático comparativo de los testimonios de hombres y mujeres sobrevivientes o testigos, hay en los distintos países un número muy significativo de textos autobiográficos y de construcciones narrativas basadas en diálogos con algún/a mediador/a. En este tipo de texto, encontramos un predominio de testimonios de mujeres, y también de compiladoras, editoras y entrevistadoras mujeres.

Una manera de pensar la dimensión de género en la memoria parte del enfoque ya tradicional, tanto en el feminismo como en la reflexión sobre el lugar del testimonio (Gugelberger, 1996a), de «hacer visible lo invisible» o de «dar voz a quienes no tienen VOZ». Las voces de las mujeres cuentan historias diferentes a las de los hombres, y de esta manera se introduce una pluralidad de puntos de vista. Esta perspectiva también implica el reconocimiento y legitimación de «otras» experiencias además de las dominantes (en primer lugar masculinas y desde lugares de poder). Entran en circulación narrativas diversas: las centradas en la militancia política, en el sufrimiento de la represión, o las basadas en sentimientos y en subjetividades. Son los «otros» lados de la historia y de la memoria, lo no dicho que se empieza a contar.
Tomemos el caso de las mujeres (mayoritariamente coreanas) que fueron secuestradas por las fuerzas armadas japonesas para establecer «estaciones de servicios sexuales» (comfort stations), una forma de esclavitud sexual para servir a las tropas japonesas de ocupación durante la Segunda Guerra Mundial (Chizuko, 1999). Se calcula que hubo entre 80.000 y 200.000 mujeres en esta situación. Si bien su existencia era conocida tanto en Corea como en Japón (hay un libro sobre el tema publicado a comienzos de los años setenta, que fue best-seller en Japón), la esclavitud sexual de estas mujeres comenzó a ser redefinida como «crimen» sólo en los años ochenta, para convertirse en tema de controversia política de primer nivel en los noventa 13.

Las mujeres que fueron secuestradas en Corea permanecieron calladas durante cincuenta años. No hubo ningún testimonio hasta comienzos de la década de los noventa, y es muy probable que todavía haya muchas mujeres que no se han identificado como víctimas 14. Que empezaran a hablar fue, en parte, producto de la acción del movimiento feminista -más concretamente, del desarrollo de una organización de mujeres que promovió testimonios de víctimas en Corea-. Para las mujeres, ofrecer su testimonio significó recuperar un pasado suprimido y, en el proceso, comenzar a recuperar su dignidad humana.

Pero hay más. En ese acto, sostiene Chizuko, se rehace la historia. Si la realidad del fenómeno corría antes por los canales de la historia escrita desde arriba 15 cuando una víctima (o sobreviviente) «comienza a hilar el hilo fragmentario de su propia narrativa, contando una historia que anuncia que "mi realidad no era el tipo de cosa que ustedes piensan", va surgiendo una historia alternativa, que relativiza de un plumazo la historia dominante» (Chizuko, 1999: 143). Sabemos, sin embargo, que el testimonio es una narrativa construida en la interacción de la entrevista, y la relación de poder con la entrevistadora (sea en un juzgado, en una entrevista de prensa o en una organización feminista de apoyo) lleva a adecuar el relato a lo que «se espera». Así se fue construyendo un modelo repetitivo de víctima, cuando hay una enorme diversidad de situaciones y narrativas que quedan ocultas.

En este caso, el proceso de «dar voz a las enmudecidas» es parte de la transformación del sentido del pasado, que incluye redefiniciones profundas y reescrituras de la historia. Su función es mucho más que la de enriquecer y complementar las voces dominantes que establecen el marco para la memoria pública. Aun sin proponérselo y sin tomar conciencia de las consecuencias de su acción, estas voces desafían el marco desde el cual la historia se estaba escribiendo, al poner en cuestión el marco interpretativo del pasado.

Sin llegar a estos extremos, la crítica de las visiones dominantes implícita en las nuevas voces puede llevar eventualmente a una transformación del contenido y marco de la memoria social (Leydesdorff, Passerini y Thompson, 1996), en la medida en que puede significar una redefinición de la esfera pública misma, antes que la incorporación (siempre subordinada) de voces no escuchadas en una esfera pública definida de antemano.

Tomemos un caso más cercano a la experiencia de las dictaduras, las memorias de la tortura 16. Sin duda, las narrativas de la tortura y los sentimientos expresados por mujeres y por hombres son diferentes. Jean Franco señala que los relatos personales de víctimas de tortura tienden a ser lacónicos y eufemísticos. Las mujeres sienten vergüenza de hablar de sus experiencias. En testimonlos de denuncia (frente a comisiones o como testigos en juicios), por ejemplo, informan que fueron violadas, sin dar detalles o describir el hecho. En relatos menos «normalizados» o burocráticos, el contraste entre hombres y mujeres puede ser más nítido. Franco marca la diferencia entre el relato de un hombre, que describe su experiencia de pérdida de la hombría y de verse forzado a vivir «como mujer» (Valdés, 1996), y el relato de una mujer que deriva la fuerza para sobrevivir anclándose en su maternidad, que le permite sostenerse en la tortura y sentir cercanía con otras mujeres prisíoneras. La autora inclusive menciona cómo para «rehacer» el mundo que los torturadores quieren destruir, se refugia en canciones infantiles que acostumbraba cantar a su hija (Partnoy, 1998).

Las memorias personales de la tortura y la cárcel están fuertemente marcadas por la centralidad del cuerpo. La posibilidad de incorporarlas al campo de las memorias sociales presenta una paradoja: el acto de la represión violó la privacidad y la intimidad, quebrando la división cultural entre el ámbito público y la experiencia privada. Superar el vacío traumático creado por la represión implica la posibilidad de elaborar una memoria narrativa de la experiencia, que necesariamente es públíca, en el sentido de que debe ser compartida y comunicada a otros -que no serán los otros que torturaron ni otros anónimos, sino otros que, en principio, pueden comprender y cuidar-. Sin embargo, siguen siendo «otros», una alteridad.
Al mismo tiempo, la recuperación de la «normalidad» implica la reconstrucción de un si mismo, con la reconstrucción de la intimidad y la privacidad. Los silencios en las narrativas personales son, en este punto, fundamentales. A menudo, no son olvidos, sino opciones personales como «un modo de gestión de la identidad» (Pollak y Heinich, 1986: 5), ligado al proceso de «recuperar la vergüenza» (Amatl Sas, 1991). ¿Cómo combinar la necesidad de construir una narrativa pública que al mismo tiempo permita recuperar la intimidad y la privacidad? Sin duda, la capacidad de escucha diferenciada pero atenta de otros es un ingrediente fundamental en la tarea.

Se plantea aquí una encrucijada ética en relación a este tipo de memorias sociales. A menudo, escuchar o leer los testimonios puede ser sentido por el/la lector/a como voyeurismo, como una invasión de la privacidad del/de la que cuenta, tema que cobra centralidad en la discusión sobre cláusulas de confidencialidad y restricciones al acceso en archivos públicos de la represión, que incluyen numerosos documentos y aun objetos personales (Catela, 2002).

El sistema de género y la memoria


Finalmente, se puede preguntar cuáles han sido los efectos de la represión y los regímenes militares sobre el sistema de género mismo. El refuerzo de un tipo específico de moralidad familiar, de una definición «total»(Itaria) de la normalidad y la desviación, no
puede dejar de tener efectos. En coincidencia no casual, los períodos de transición tienden a ser períodos de liberación sexual -e inclusive de «destape» con elementos pornográficos- que incluyen una liberación de las mujeres y de minorías sexuales que han estado sujetas a prácticas represivas de larguísima duración.

Se hace necesario aquí diferenciar varios niveles y ejes. Tanto dentro de la guerrilla como de la resistencia a la dictadura surgieron mujeres como sujetos políticos activos, aunque muchas veces su actuación implicó un proceso de masculinización para poder legitimarse -proceso que se manifestó también en las prácticas represivas hacia las mujeres secuestradas- Un segundo lugar de presencia activa femenina es el movimiento de derechos humanos. Las mujeres (madres, familiares, abuelas, viudas, etc.) han aparecido en la escena pública como portadoras de la memoria social de las violaciones de los derechos humanos. Su performatividad y su papel simbólico tienen también una carga ética significativa que empuja los límites de la negociación política, pidiendo «lo imposible». Su lugar social está anclado en vínculos familiares naturalizados, y al legitimar la expresión pública del duelo y el dolor, reproducen y refuerzan estereotipos y visiones tradicionales. En tercer lugar, en la expresión pública de memorias -en sus distintos géneros y formas de manifestación- las visiones de las mujeres tienen un lugar central, como narradoras, como mediadoras, como analistas.

Notas
1
Esta sección se basa en el trabajo de Teresa Valdés, «Algunas ideas para la consideración de la dimensión de género en la memoria colectiva de la represión», Documento preparado para el Programa MEMORIA del SSRC, 1999.
2 De manera muy esquemática, un sistema de género involucra: a) una forma predominante de división sexual del trabajo (producción/reproducción); b) la diferenciación de espacios y esferas sociales anclada en el género (una esfera pública visible/una esfera privada invisible); c) relaciones de poder y distinciones jerárquicas, lo cual implica cuotas diferenciales de reconocimiento, prestigio y legitimidad-, d) relaciones de poder dentro de cada género (basadas en la clase, el grupo étnico, etc.); e) la construcción de identidades de género que coinciden con otras dimensiones diferenciadoras, produciendo una identidad masculina anclada en el trabajo, la provisión y la administración del poder, mientras que la identidad femenina está anclada en el trabajo doméstico, la maternidad y su rol en la pareja f) la construcción de identidades «dominantes» asociadas a las relaciones de poder en la sociedad (hetero/hornosexuales, blanco/negro-indígena-pobre).
3 Taylor (1997, cap. 3) analiza esta performatividad de género en la actuación de la junta Militar en Argentina, y muestra cómo en ese caso las mujeres terminan siendo “no-representables” como sujetos, de modo que la representación es, por definición, una auto-representación masculina.
4 Estos elementos no son privativos de los militares del Cono Sur. Según Theweteit, la construcción de la masculinidad nazi consistió en cultivar simultáneamente la agresión sádica y la disciplina y el auto-sacrificio masoquistas (citado por Van Alphen, 1997: 58).
5
Bunster señala que la situación más terrible se daba cuando las mujeres eran secuestradas en sus hogares: «El arresto de una mujer en su casa, delante de sus hijos, es doblemente doloroso para la mujer latinoamericana. La tradición hace que ella sea el eje de la familia... » (Bunster, 1991: 48).
6 La performance activa de la relación sexual entre hombres, que es la que realizaban los torturadores, no es siempre identificadad con la homosexualidad ni con ser “afminados”. Es el rol pasivo el que feminiza (Salessi, 1995; Taylor, 1997)
7 El caso de la joven estudiante que, haciéndose amiga de la hija del jefe de policía, logró poner una bomba bajo su cama es paradigmático. «Entonces una noche, trágica, una adolescente, Ana María González, se desliza sigilosamente en "el hogar más amigo" y, traicionando todos los sentimientos de amistad, gratitud, nobleza, FRIA-MEN-TE, cumple la misión de asesinar a un hombre. No importa que fuera un general de la Nación. No importa que se tratara del jefe de la Policía Federal. ERA UN HOMBRE que al acostarse iba a encontrar su último sueño, dinamitado por un explosivo colocado por la mejor amiga de su hija,» Así describía el hecho el conocido periodista B. Neustadt, en una popular revista (Bernardo Neustadt, «¿Se preguntó cuántas Anas Marías González hay?», Revista Gente, año 11, núm. 571, 11 de julio de 1976: 76).
8
Estos aspectos de la organización cotidiana de la vida frente al secuestro-desaparición de sus parejas aparecen con claridad en los testimonios recogidos en Ciollaro, 2000. También, desde la perspectiva de los hijos, en algunos, testimonios recogidos en Gelman y La Madrid, 1997.
9
Además, las dictaduras se propusieron disciplinar la vida cotidiana a través de políticas públicas específicas y no solamente a través de los aparatos represivos. En Chile, por ejemplo, se promovieron políticas específicas orientadas a «proteger» a las mujeres y a «apoyar» su rol central como soportes del modelo de sociedad propuesto (esto se hizo evidente en la institución del CEMA-Chile y de la Secretaría Nacional de la Mujer). En este punto, se hace necesario recordar que la política activa frnte a las mujeres y las familias fue un acaracterística ccentral del régimen nazi. Si bien la consigna estaba centrada en las tres K, Kurche, Kutchen, Kinder (casa, cocina y chicos), hubo una activa movilización de organizaciones públicas de mujeres que debían fomentar a otras mujeres a cumplir con sus roles en las tres K (Koonz, 1988).
10 En este punto, la investigación psicológica sobre género y memoria no parece ser de gran utilidad. Los estudios cognitivos indican que no hay «mejor» memoria en hombres o mujeres «en general». Es necesario entonces explorar diferencias ligadas a tipos o ítems específicos (memoria espacial versus temporal, episódica o semántica, de acontecimientos vividos o transmitidos, etc.) (Lofins, Banaji, Schooler y Foster, 1987, por ejemplo). No hay mucha investigación de este tipo, especialmente aquella que tome en cuenta situaciones con un alto grado de compromiso emocional. Por ejemplo, en un artículo reciente que presenta las contribuciones que las neurociencias tienen para hacer en relación a la psicología cognitiva de la memoria (Schacter, 1999), las diferencias de género se mencionan sólo una vez: los hombres manifiestan una tasa más alta de distorsiones de la memoria cuando se relaciona con eventos que ponen de manifiesto su mayor propensión a no reconocer que sus puntos de vista cambiaron a lo largo del tiempo.
11
Estas distinciones las establece Pollak en su análisis de testimonios de mujeres sobrevivientes de Auschwitz. En un sutil análisis, muestra la diversidad de estrategias discursivas: cronológicas o temáticas, en clave personal o en clave política, centradas solamente en la experiencia concentracionaria o incluyendo narrativas del “antes” y del «después», etc. Muestra también la importancia que tiene en la elaboración de las memorias el momento histórico y la situación social en que se evoca la memoria de la deportación: inmediatamente después de la guerra, o años después, como respuesta a demandas institucionales o como decisión personal de contar y transmitir la experiencia (Pollak, 1990). Su análisis del corpus de testimonios, sin embargo, no incluye una dimensión comparativa con los testimonios de hombres o un análisis de la dimensión de género en el testimoniar.
12
La aniquilación de mujeres portadoras de identidades étnico-raciales tomó otro carácter en la exYugoslavia: la violación como medio para la «limpieza étnica» (Mostov, 2000).
13 La controversia política involucra debates acerca de la responsabilidad del Estado japonés, demandas de reparaciones económicas y fuertes debates sobre la inclusión del tema en los libros de texto escolares. En todos ellos, el debate político es presentado (¿enmascarado?) como debate historiográfico acerca de la «verdad», dada la ausencia de documentos escritos y la evidencia basada únicamente en testimonios (Sand, 1999).
14 Al finalizar la guerra, muchas de estas mujeres fueron asesinadas o abandonadas. La mayoría murió. Entre las sobrevivientes, pocas regresaron a sus lugares de origen, por vergüenza y certeza de que sus familias no las iban a recibir. Las pocas que se casaron y tuvieron hijos nunca mencionaron su pasado «vergonzoso» ni siquiera a sus parientes más cercanos. «La agresión japonesa tuvo éxito en enmudecer a sus víctimas» (Chizuko, 1999: 131).
15
Con debates acerca de si se trataba de prostitución o esclavitud, y si la organización burocrática no era «preferible» y más benévola que los burdeles privados...
16 Hablamos aquí de testimonios y relatos públicos. Los procesos terapéuticos con pacientes que han sufrido condiciones extremas (campos de detención clandestinos, tortura) están en otro nivel de análisis. Amati Sas (1991) plantea los dilemas y condiciones específicas de estas situaciones terapéuticas, y muestra el papel que juegan los sentimientos, especialmente la «recuperación de la verguüenza» en el proceso terapéutico.

tomado de: www.cholonautas.edu.pe

miércoles, 13 de agosto de 2008

tim Ingold/ university of aberdeen/dep anthropology

Biography

Tim Ingold was born in 1948. He received his BA in Social Anthropology from the University of Cambridge in 1970, and his PhD in 1976. For his doctoral research he carried out ethnographic fieldwork (1971-72) among the Skolt Saami of northeastern Finland, and the resulting monograph ('The Skolt Lapps Today', 1976) was a study of the ecological adaptation, social organisation and ethnic politics of this small minority community under conditions of post-war resettlement. Following a year (1973-74) at the University of Helsinki, he was appointed to a Lectureship in Social Anthropology at the University of Manchester. Here he continued his research on northern circumpolar peoples, looking comparatively at hunting, pastoralism and ranching as alternative ways in which such peoples have based a livelihood on reindeer or caribou. His second book, 'Hunters, pastoralists and ranchers: reindeer economies and their transformations', was published in 1980. A further spell of ethnographic fieldwork, this time among Finnish rather than Saami people, was undertaken in the district of Salla, in northern Finland, in 1979-80. The purpose of this research was to examine how farming, forestry and reindeer herding were combined on the level of local livelihood, to investigate the reasons for the intense rural depopulation in the region, and to compare the long term effects of post-war resettlement here with those experienced by the Skolt Saami.

Ingold’s research on circumpolar reindeer herding and hunting led to a more general concern with human-animal relations and the conceptualisation of the humanity-animality interface, as well as with the comparative anthropology of hunter-gatherer and pastoral societies, themes which he also explored while teaching courses at Manchester in economic and ecological anthropology. These concerns led to a number of essays which were collected together in his book 'The Appropriation of Nature', published in 1986. The same year also saw the publication of another major volume, 'Evolution and Social Life', a study of the ways in which the notion of evolution has been handled in the disciplines of anthropology, biology and history, from the late nineteenth century to the present. Two important conferences also took place in that year: the World Archaeological Congress (Southampton), in which Ingold organised a series of sessions devoted to cultural attitudes to animals, and the Fourth International Conference on Hunting and Gathering Societies (London), of which he was a principal organiser. Ingold edited one of the volumes to arise from the Southampton Congress, 'What is an animal?', published in 1988, and was co-editor of the two-volume work 'Hunters and Gatherers', consisting of papers from the London conference and published in the same year.

Through a reconsideration of toolmaking and speech as criteria of human distinctiveness, Ingold became interested in the connection, in human evolution, between language and technology. With Kathleen Gibson, he organised an international conference on this theme in 1990, and the resulting volume, edited by Gibson and Ingold ('Tools, language and cognition in human evolution'), was published in 1993. Since then, Ingold has sought ways of bringing together the anthropologies of technology and art, leading to his current view of the centrality of skilled practice. At the same time he has continued his research and teaching in ecological anthropology and, influenced by the work of James Gibson on perceptual systems, has been exploring ways of integrating ecological approaches in anthropology and psychology. In his recent work, linking the themes of environmental perception and skilled practice, Ingold has attempted to replace traditional models of genetic and cultural transmission, founded upon the alliance of neo-Darwinian biology and cognitive science, with a relational approach focusing on the growth of embodied skills of perception and action within social and environmental contexts of development. These ideas are presented in his book 'The Perception of the Environment' (2000), a collection of twenty-three essays written over the previous decade on the themes of livelihood, dwelling and skill.

Ingold was appointed to a Chair at the University of Manchester in 1990, and in 1995 he became Max Gluckman Professor of Social Anthropology. He was Editor of 'Man' (the Journal of the Royal Anthropological Institute) from 1990 to 1992, and edited the Routledge 'Companion Encyclopedia of Anthropology', published in 1994. In 1988 he founded the Group for Debates in Anthropological Theory, and edited a volume of the first six annual debates ('Key Debates in Anthropology', 1996). He was elected to a Fellowship of the British Academy in 1997, and of the Royal Society of Edinburgh in 2000. In 1999 he was President of the Anthropology and Archaeology Section of the British Association for the Advancement of Science.

In 1999, Tim Ingold moved to take up the newly established Chair of Social Anthropology at the University of Aberdeen, where he has been instrumental in setting up the UK's youngest Department of Anthropology, established in 2002. In his latest research he has been exploring three themes, all arising from his earlier work on the perception of the environment, concerning first, the dynamics of pedestrian movement, secondly, the creativity of practice, and thirdly, the linearity of writing. These issues all come together in his current project, funded by a 3-year ESRC Professorial Fellowship (2005-08), entitled 'Explorations in the comparative anthropology of the line'. Starting from the premise that what walking, observing and writing all have in common is that they proceed along lines of one kind and another, the project seeks to forge a new approach to understanding the relation, in human social life and experience, between movement, knowledge and description. At the same time, and complementing this study, Ingold is researching and teaching on the connections between anthropology, archaeology, art and architecture (the '4 As'), conceived as ways of exploring the relations between human beings and the environments they inhabit. Taking an approach radically different from the conventional anthropologies and archaeologies 'of' art and of architecture, which treat artworks and buildings as though they were merely objects of analysis, he is looking at ways of bringing together the 4 As on the level of practice, as mutually enhancing ways of engaging with our surroundings.

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Research Interests

Geographical: Finland, Lapland, northern Europe, northern circumpolar (including N America, Siberia).

Interests relating to past fieldwork: Work, environment and identity among Saami and Finnish people in Lapland; reindeer herding and husbandry in northern Finland; domestic organisation and rural economy among northern Finnish farmers; migration and rural depopulation; long-term effects of displacement and resettlement; social and environmental aspects of technical change.

Theoretical interests: Ecological approaches in anthropology and psychology; comparative anthropology of hunter-gatherer and pastoral societies; human-animal relations; theories of evolution in anthropology, biology and history; relations between biological, psychological and anthropological approaches to culture and social life; environmental perception; language, technology and skilled practice; anthropology, archaeology, art and architecture; the anthropology of lines and line-making.

Current Research

Learning is understanding in practice: exploring the relations between perception, creativity and skill (2002-2005). See http://www.abdn.ac.uk/creativityandpractice/

This project, funded by the Arts and Humanities Research Board, was undertaken in conjunction with the School of Fine Art at the University of Dundee. The project combines approaches from fine art and anthropology to examine the relation between perception, creativity, innovation and skill, through an empirical study of the knowledge practices of fine art. The research has also explored the potential of a practice-based approach to teaching and learning in both disciplines.

Culture from the ground: walking, movement and placemaking (2004-2006). See http://www.abdn.ac.uk/anthropology/walking.php

This project, funded by the Economic and Social Research Council, builds on a previous study that focused specifically on recreational rambling and hillwalking in Scotland. The current research is designed to reveal the sociality of walking over a broader canvas. Through an ethnography of everyday pedestrian movements we are exploring how walking binds time and place in people’s experience, relationships and life-histories

Lines from the past: towards an anthropological archaeology of inscriptive practices

This project is to convert a series of six public lectures delivered in Edinburgh in May 2003 into a short book, Lines from the past, scheduled for completion early in 2006. These were the Rhind Lectures, sponsored by the Society of Antiquaries of Scotland. In them, I sketched an initial agenda for the comparative anthropology of the line, focusing on the themes of: language, music and notation; traces, threads and surfaces; the gestural trace and the point-to-point connector; writing and drawing, and the significance of the straight line.

Explorations in the comparative anthropology of the line (2005-2008)

This project, funded by a Professorial Fellowship from the Economic and Social Research Council, pursues the implications of treating the human being not as a self-contained entity but as growing along a way of life. Every such way is a line of some kind. Through a comparative and historical anthropology of the line, the research will forge a new approach to understanding the relation, in human life and experience, between movement, knowledge and description. As a work of intellectual synthesis, the research will be library- based, spanning literatures in several disciplines within and beyond the social sciences. It will lead to the production of two major books. 'Life on the line' will explore how, in the transition from the trace to the connector, the growing line was shorn of the movement that gave rise to it. 'The 4 As' will examine the relations between anthropology, archaeology, art and architecture as disciplinary paths along which environments are perceived, shaped and understood.

Teaching Responsibilities

Introduction to Anthropology I (one-semester course for around 200 Level 1 students, taught from 1999 - when teaching in Anthropology receommenced at the University of Aberdeen - until 2004). Course code AT1002.

Anthropological Theory (one-semester course for around 30 Level 3 students, 2001-03). Course code AT3501.

The 4 As: Anthropology, Archaeology, Art and Architecture (one-semester course for around 12 Level 4 students, 2004 to present). Course code AT4511.

Selected Publications

Books (Authored)

Lines: a brief history (London: Routledge, 2007).

The perception of the environment: essays on livelihood, dwelling and skill (London : Routledge, 2000).

Evolution and social life (Cambridge : Cambridge University Press, 1986).

The appropriation of nature: essays on human ecology and social relations (Manchester : Manchester University Press, 1986).

Hunters, pastoralists and ranchers: reindeer economies and their transformations (Cambridge : Cambridge University Press, 1980).

The Skolt Lapps today (Cambridge: Cambridge University Press, 1976).

Books (Edited)

(with E. Hallam) Creativity and cultural improvisation (Oxford: Berg, 2007).

Key debates in anthropology, 1988-1993 (London : Routledge, 1996).

Companion encyclopaedia of anthropology: Humanity, culture and social life (London : Routledge, 1994).

(with K. R. Gibson ) Tools, language and cognition in human evolution (Cambridge : Cambridge University Press, 1993).

Evolutionary models in the social sciences ( Leiden : E J Brill, 1991).

What is an animal? (London : Unwin Hyman, 1988).

The social implications of agrarian change in northern and eastern Finland (Helsinki : Anthropological Society of Finland, 1988).

(with D. Riches, J. Woodburn ) Hunters and gatherers, Vol I: History, evolution and social change (Oxford : Berg, 1988).

(with D. Riches, J. Woodburn ) Hunters and gatherers, Vol II: Property, power and ideology (Oxford : Berg, 1988).

Books in translation

1991 Evolución y vida social, trans. M E Moreno and C y R Ramirez, from Evolution and social life (1986). Mexico, D.F.: Editorial Grijalbo. 493pp.

2001 Ecologia della cultura, trans. C. Grasseni and F. Ronzon (a collection of six papers, previously published in English). Rome: Meltemi. 237 pp.

Chapters in Books

(with E. Hallam) 'Creativity and cultural improvisation: an introduction', in E. Hallam and T. Ingold (ed), Creativity and cultural improvisation (Oxford: Berg, 2007) pp 1-24.

'Introduction' (Part 1), in E. Hallam and T. Ingold (ed), Creativity and cultural improvisation (Oxford: Berg, 2007) pp 45-54.

(with J. Lee), 'Fieldwork on foot: Perceiving, routing,socializing', in S. Coleman and P. Collins (ed), Locating the field: space, place and context in anthropology (Oxford: Berg, 2006), pp 67-85.

'Against human nature', in N. Gontier, J. P. van Bendegem and D. Aerts (ed), Evolutionary epistemology, language and culture (Dordrecht : Springer, 2006), pp 259-281.

'Walking the plank: meditations on a process of skill', in J. R. Dakers (ed), Defining technological literacy: towards an epistemological framework (New York : Palgrave Macmillan, 2006), pp 65-80.

'Time, memory and property', in T. Widlok and W. G. Tadesse (ed), Property and equality, Volume 1: Ritualisation, sharing, egalitarianism (Oxford : Berghahn, 2005), pp 165-174.

'A manifesto for the anthropology of the North.', in A. Sudkamp (ed), Connections: local and global aspects of Arctic social systems (University of Alaska, Fairbanks : International Arctic Social Sciences Association, 2005), pp 61-71.

'Naming as storytelling: speaking of animals among the Koyukon of Alaska', in A. Minelli, G. Ortalli and G. Sanga (ed), Animal names (Venice : Istituto Veneto di Scienze, Lettere ed Arti, 2005), pp 159-172.

'Two reflections on ecological knowledge', in G. Sanga and G. Ortalli (ed), Nature knowledge: ethnoscience, cognition, identity (Oxford : Berghahn, 2004), pp 301-311.

'André Leroi-Gourhan and the evolution of writing', in F. Audouze and N. Schlanger (ed), Autour de l’homme: contexte et actualité d’ André Leroi-Gourhan (Antibes : APDCA, 2004), pp 109-123.

'A circumpolar night’s dream', in J. Clammer, S. Poirier and E. Schwimmer (ed), Figured worlds: ontological obstacles in intercultural relations (Toronto : University of Toronto Press, 2004), pp 25-57.

'Three in one: how an ecological approach can obviate the distinctions between body, mind and culture', in A. Roepstorff, N. Bubandt and K. Kull (ed), Imagining nature: practices of cosmology and identity (Aarhus : Aarhus University Press, 2003), pp 40-55.

'Epilogue', in E. Kasten (ed), People and the land: pathways to reform in post-Soviet Siberia (Berlin : Dietrich Reimer Verlag, 2002), pp 245-254.

'From the transmission of representations to the education of attention', in H. Whitehouse (ed), The debated mind: evolutionary psychology versus ethnography (Oxford : Berg, 2001), pp 113-153.

'Beyond art and technology: the anthropology of skill', in M. B. Schiffer (ed), Anthropological perspectives on technology (Albuquerque : University of New Mexico Press, 2001), pp 17-31.

'From complementarity to obviation: on dissolving the boundaries between social and biological anthropology, archaeology and psychology', in S. Oyama, P. E. Griffiths and R. D. Gray (ed), Cycles of contingency: developmental systems and evolution (Cambridge, Mass. : MIT Press, 2001), pp 255-279.

'Evolving skills', in H. Rose and S. Rose (ed), Alas poor Darwin: arguments against evolutionary psychology (London : Jonathan Cape, 2000), pp 225-246.

'On the social relations of the hunter-gatherer band', in R. B. Lee and R. Daly (ed), The Cambridge encyclopedia of hunters and gatherers (Cambridge : Cambridge University Press, 1999), pp 399-410.

'Evolution of society', in A. C. Fabian (ed), Evolution: society, science and the universe (Cambridge : Cambridge University Press, 1998), pp 79-99.

'Life beyond the edge of nature? or, the mirage of society', in J. D. Greenwood (ed), The mark of the social (Lanham, MD : Rowman and Littlefield, 1997), pp 231-252.

'Work, identity and environment: Finns and Saami in Lapland', in S. A. Mousalimas (ed), Arctic Ecology and identity (Budapest and Los Angeles : Hungarian Academy of Sciences and ISTOR, 1997), pp 41-68.

'Social relations, human ecology and the evolution of culture: an exploration of concepts and definitions', in A. Lock and C. R. Peters (ed), Handbook of human symbolic evolution (Oxford : Clarendon Press, 1996), pp 178-203.

Journal Articles

'Earth, sky, wind and weather', Journal of the Royal Anthropological Institute N.S., special issue on 'Wind, life, health: anthropological and historical perspectives', eds. C. Low and E. Hsu (2007): S19-S38.

'Materials against materiality', Archaeological Dialogues, 14(1) (2007): 1-16.

'Writing texts, reading materials: a response to my critics', Archaeological Dialogues, 14(1) (2007): 31-38.

'The trouble with "evolutionary biology"', Anthropology Today, 23(2) (2007): 13-17.

'Up, across and along', Place and Location: Studies in Environmental Aesthetics and Semiotics, 5 (2006): 21-36.

'Rethinking the animate, re-animating thought', Ethnos, 71(1) (2006) : 9-20.

'The eye of the storm: visual perception and the weather', Visual Studies, 20(2) (2005) : 97-104.

'Brereton’s brandishments', Journal of Critical Realism, 4(1) (2005) : 112-127.

'Epilogue: towards a politics of dwelling', Conservation and Society, 3(2) (2005) : 501-508.

'Beyond biology and culture: the meaning of evolution in a relational world.', Social Anthropology, 12(2) (2004) : 209-221.

'Culture on the ground: the world perceived through the feet', Journal of Material Culture, 9(3) (2004) : 315-340.

'Anthropology at Aberdeen', The Aberdeen University Review, 60(3) (2004) : 181-197.

'Conceptual development in Madagascar: a critical comment', Monographs of the Society for Research in Child Development, 69(3) (2004) : 136-144.

'Between evolution and history: biology, culture, and the myth of human origins', Proceedings of the British Academy, 112 (2002) : 43-66.

'On the distinction between evolution and history', Social Evolution and History, 1 (2002) : 5-24.

(with T. Kurttila) 'Perceiving the environment in Finnish Lapland', Body and Society, 6(3-4) (2000) : 183-196.

'‘Tools for the hand, language for the face’: an appreciation of Leroi-Gourhan's 'Gesture and Speech'', Studies in the History and Philosophy of Biological and Biomedical Science, 30(4) (1999) : 411-453.

'From complementarity to obviation: on dissolving the boundaries between social and biological anthropology, archaeology and psychology', Zeitschrift für Ethnologie, 123 (1) (1998) : 21-52.

'Eight themes in the anthropology of technology', Social Analysis, 4(1) (1997) : 106-138.

Articles in books (up to 1996)

1979 The social and ecological relations of culture-bearing organisms: an essay in evolutionary dynamics. In Social and ecological systems, eds R Ellen and P Burnham. London: Academic Press, pp 271-91.

1980 Statistical husbandry: chance, probability and choice in a reindeer-management economy. In Numerical techniques in social anthropology, ed J C Mitchell. Philadelphia: ISHI, pp 87-115.

1980 The principle of individual autonomy and the collective appropriation of nature. In 2nd International Conference on Hunting and Gathering Societies, 19 to 24 September 1980, Quebec, Université Laval, Departement d'Anthropologie, pp 71-86.

1981 The hunter and his spear: notes on the cultural mediation of social and ecological systems. In Economic archaeology, eds A Sheridan and G Bailey. BAR International Series, Oxford, pp 119-30.

1984 The politics of culture in Finnish Lapland. In Ethnic Challenge: the politics of ethnicity in Europe, eds H Vermeulen and J Boissevain. Göttingen: Herodot, pp 67-83.

1984 Time, social relations and the exploitation of animals: anthropological reflections on prehistory. In Animals and archaeology, Vol 3: Early herders and their flocks, eds. J Clutton-Brock and C Grigson. Oxford: BAR, pp 3-12.

1984 The estimation of work in a northern Finnish farming community. In Family and work in rural societies: perspectives on non-wage labour, ed N Long. London: Tavistock, pp 116-34.

1985 The significance of storage in hunting societies. In Les techniques de conservation des grains à long terme, Vol 3 Part I, eds M Gast, F Sigaut and C Beutler. Paris: Editions du CNRS, pp 33-45.

1988 The animal in the study of humanity. In What is an animal? ed T Ingold. London: Unwin Hyman, pp 84-99.

1988 Introduction. In What is an animal? ed T Ingold. London: Unwin Hyman, pp 1-16.

1988 Notes on the foraging mode of production. In Hunters and Gatherers I: History, evolution and social change, eds T Ingold, D Riches and J Woodburn. Oxford: Berg, pp 269-285.

1988 Land, labour and livelihood in Salla, northeastern Finland. In The social implications of agrarian change in northern and eastern Finland, ed T Ingold. Helsinki: Anthropological Society of Finland, pp 121-39.

1989 The social and environmental relations of human beings and other animals. In Comparative socioecology, eds V Standen and R Foley (British Ecological Society Special Publications Series). Oxford: Blackwell, pp 495-512.

1990 The day of the reindeerman: a model derived from cattle ranching, and its application to the analysis of the transition from pastoralism to ranching in Northern Finland. In Nomads in a changing world, eds C Salzman and J G Galaty. Naples: Instituto Universitario Orientale, Dipartimento di Studi Asiatici, pp 441-470.

1992 Culture and the perception of the environment. In Bush base, forest farm: culture, environment and development, eds D Parkin and E Croll. London: Routledge, pp 39-56.

1992 The Arctic: 'The people' and 'Peoples and cultures of the Eurasian arctic and subarctic'. Encyclopaedia Britannica (15th Edition). Vol. 14, pp 13-19.

1993 Tools and hunter-gatherers. In The use of tools by human and non-human primates, eds. A Berthelet & J Chavaillon. Oxford: Clarendon Press, pp 281-295.

1993 Introductions to Sections 1 and 5. In Tools, language and cognition in human evolution, eds K R Gibson and T Ingold. Cambridge University Press, pp 35-42 and pp 337-45.

1993 Tool-use, sociality and intelligence. In Tools, language and cognition in human evolution, eds K R Gibson and T Ingold. Cambridge University Press, pp 429-445.

1993 Technology, language, intelligence: a reconsideration of basic concepts. In Tools, language and cognition in human evolution, eds K R Gibson and T Ingold. Cambridge University Press, pp 449-72.

1993 The art of translation in a continuous world. In Beyond boundaries: understanding, translation and anthropological discourse, ed. G Palsson. Oxford: Berg, pp 210-230.

1993 The reindeerman's lasso. In Technological choices: transformation in material cultures since the Neolithic, ed. P Lemmonier. London: Routledge, pp 108-125.

1993 Globes and spheres: the topology of environmentalism. In Environmentalism: the view from anthropology, ed K Milton. London: Routledge, pp 31-42.

1994 General introduction. In Companion encyclopaedia of anthropology: humanity, culture and social life, ed. T Ingold. London: Routledge, pp xiii-xxii.

1994 Introduction to humanity. In Companion encyclopaedia of anthropology: humanity, culture and social life, ed. T Ingold. London: Routledge, pp 3-13.

1994 Humanity and animality. In Companion encyclopaedia of anthropology: humanity, culture and social life, ed. T Ingold. London: Routledge, pp 14-32.

1994 Introduction to culture. In Companion encyclopaedia of anthropology: humanity, culture and social life, ed. T Ingold. London: Routledge, pp 329-349.

1994 Introduction to social life. In Companion encyclopaedia of anthropology: humanity, culture and social life, ed. T Ingold. London: Routledge, pp 737-755.

1994 Tool-using, tool-making and the evolution of language. In Hominid culture in primate perspective, eds. D Quiatt and J Itani. Boulder: University Press of Colorado, pp 279-314.

1994 From trust to domination: an alternative history of human-animal relations. In Animals and human society: changing perspectives, eds. A Manning and J Serpell. London: Routledge, pp 1-22.

1995 “People like us”: the concept of the anatomically modern human. In Man, ape, apeman: changing views since 1600, eds. R Corbey and B Theunissen. Evaluative Proceedings of the Pithecanthropus Centennial Congress, Vol. IV. Leiden, pp. 241-262.

1995 Building, dwelling, living: how animals and people make themselves at home in the world. In Shifting contexts, ed. M Strathern. London: Routledge, pp 57-80.

1996 Culture, perception and cognition. In Psychological research: innovative methods and strategies, ed. J Haworth. London: Routledge, pp. 99-119.

1996 General introduction. In Key debates in anthropology, ed. T Ingold. London: Routledge, pp 1-14.

1996 Hunting and gathering as ways of perceiving the environment. In Redefining nature: ecology, culture and domestication, eds. R Ellen and K Fukui. Oxford: Berg, pp. 117-155.

1996 Growing plants and raising animals: an anthropological perspective on domestication. In The origins and spread of agriculture and pastoralism in Eurasia, ed. D R Harris. London: UCL Press, pp. 12-24.

1996 The forager and economic man. In Nature and society: anthropological perspectives, eds. P Descola and G Palsson. London: Routledge, pp. 25-44.

1996 Articles on “Animal domestication” (Vol I, pp 60-64) and “Technology and culture” (Vol 4, pp 1297-1301), in The encyclopedia of cultural anthropology, eds. D Levinson and M Ember. Lakeville, CT: American Reference Company Inc.

1996 Human worlds are culturally constructed: Against the motion, I. In Key debates in anthropology, ed. T Ingold. London: Routledge, pp. 112-118.

Journal articles (up to 1996)

1971 Fieldwork in Sevettijärvi: some preliminary thoughts. Nord-Nytt 4: 251-69.

1973 Social and economic problems of Finnish Lapland. Polar Record 16: 809-26.

1974 Entrepreneur and protagonist: two faces of a political career. Journal of Peace Research 11: 179-88.

1974 On reindeer and men. Man (NS) 9: 523-38.

1978 The rationalization of reindeer management among Finnish Lapps. Development and Change 9: 103-32.

1978 A problem in Lappish kinship terminology. Research Reports of the Department of Sociology, University of Helsinki, No 214, 29 pp.

1978 The transformation of the siida. Ethnos 43: 146-62.

1983 The significance of storage in hunting societies. Man (NS) 18: 553-71.

1983 The architect and the bee: reflections on the work of animals and men (Malinowski lecture, 1982). Man (NS) 18: 1-20.

1983 Farming the forest and building the herds: Finnish and Sami reindeer management in Lapland. Production pastorale et société 12: 57-70.

1983 Gathering the herds: work and co-operation in a northern Finnish community. Ethnos 48: 133-59.

1985 Khazanov on nomads (review article). Current Anthropology 26: 384-7.

1985 Who studies humanity? The scope of anthropology. Anthropology Today 1: 15-16.

1986 Reindeer economies and the origins of pastoralism. Anthropology Today 2(4): 5-10.

1987 Ihminen ja eläin antropologiassa [Man and animal in anthropology]. Suomen antropologi 12: 2-10 (in Finnish).

1988 Signs of life (review article). Semiotica 69: 179-84.

1988 Living Arctic at the Museum of Mankind. Anthropology Today 4(4): 14-17.

1988 Tools, minds and machines: an excursion in the philosophy of technology. Techniques et Culture 12: 155-76.

1990 An anthropologist looks at biology (Curl Lecture, 1989). Man (NS) 25: 208-29.

1990 Society, nature and the concept of technology. Archaeological Review from Cambridge 9(1): 5-17.

1991 Introduction: evolutionary models in the social sciences. Cultural Dynamics 4(3): 239-250.

1991 Becoming persons: consciousness and sociality in human evolution. Cultural Dynamics 4(3): 355-378.

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1993 An archaeology of symbolism (review article). Semiotica 96: 309-314.

1993 The temporality of the landscape. World Archaeology 25: 152-174.

1995 Work, time and industry. Time and Society 4(1): 5-28.

1995 "People like us": the concept of the anatomically modern human. Cultural Dynamics 7: 187-214.

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1995 Humanidade e animalidade. Revista Brasilieira de Ciencias Sociais 28: 39-53 (translation into Portuguese of article 'Humanity and animality', in T. Ingold [ed.] Companion Encyclopedia of Anthropology 1994).

1996 Situating Action V: The history and evolution of bodily skills. Ecological Psychology 8: 171-182.

1996 Situating Action VI: A comment on the distinction between the material and the social. Ecological Psychology 8: 183-187.

1996 Why four why's: a response to Dunbar. Cultural Dynamics 8: 375-384

Una geografía urbana posible/ David Harvey

Conferencia de David Harvey en Buenos Aires, en el marco del 2º Encuentro “El pensamiento urbano”, celebrado en el Centro Cultural San Martín el 30 de agosto de 2006. El Estado no retrocede en su involucramiento, como indicaría el neoliberalismo, sino que se involucra profundamente para crear un buen clima de inversiones. Si hay un conflicto entre el bienestar de la población y el buen clima de negocios, se privilegia lo segundo. Si hay que afectar un segmento de la población en pos de ese objetivo, se hace. Este ha sido el espíritu de la gestión en Nueva Cork.

Este encuentro ha sido muy estimulante. A lo largo de mi vida, he apoyado ampliamente lo que se puede denominar la política de izquierda. Una discusión de las más complicadas que me ha tocado presenciar ha sido aquella en la que surgía la pregunta ¿qué hicimos mal en la izquierda?, ¿en qué nos equivocamos?. La izquierda tradicional estuvo generalmente demasiado interesada en la economía, no comprendió los múltiples factores que componen la sociedad: cultura, identidad, género, etnicidad, nacionalidad, etc. Se tenía una visión economicista, productivista, de lo que pasaba en el mundo. No se tomaba en cuenta su heterogéneo desarrollo geográfico. Por mi parte, he tratado de tener algún rol en modificar este pensamiento.

En los últimos 30 años se ha realizado un gran esfuerzo por contestar esas preguntas desde una perspectiva progresista. Paradójicamente, en la actualidad las áreas de estudio culturales han olvidado los estudios económicos o de economía política. Hay una reflexión de Gramsci que dice que cuando las cuestiones políticas son abordadas como asuntos culturales no se encuentran las respuestas. El problema más serio de la izquierda ha sido no definir una economía política alternativa al capitalismo, hemos dejado de pensar en la economía política. Hoy en día, no necesitamos una economía política de izquierda sino más y mejor economía política, alternativa a lo que ha construido el capitalismo.

Algunas personas entienden en la actualidad que estudiar el tipo de urbanización que surgió de la modernidad en Europa es un ejercicio de nostalgia. No es un ejercicio de nostalgia hablar de la urbanización de la París del siglo XIX. Yo escribí un libro sobre este tema hace dos años y lo interesante en este caso no era hablar de la modernidad en sí misma sino pensar en lo que estaba ocurriendo con el capital. 1848 fue un año de crisis. Había demasiado capital sin lugares donde invertir, el problema era qué hacer con el excedente de capital. Ello generó una crisis de dimensiones en ese momento, mientras se sucedían revoluciones en toda Europa. Surgió un proyecto, basado en las ideas utópicas de Saint Simon, que apuntaba a estabilizar la situación económica. Se comenzó un plan de obras públicas en toda Francia, se utilizó capital y mano de obra para reconstruir París. A nivel internacional se llegó, incluso, a construir el canal de Suez. Esta respuesta fue crucial para la constitución de un orden capitalista. Se generaron toda una serie de instituciones para llevar esto a cabo. ¿Cómo se hizo? Fue muy interesante.

Si se lee la literatura de la época, se advierte que el proceso de reconstrucción de París se dio en una escala muy grande. El proyecto no sólo incluía la restauración del poder imperial sino que también tenía un contenido clasista. Haussmann, que le ha dado el nombre al famoso boulevard, entendió que la transformación de la ciudad tenía que ver con un problema de escala. Cuando uno de los arquitectos le trajo un plan para modificar la estructura urbana de París, Haussmann le recriminó que las avenidas que había planificado eran demasiado angostas, desechando la idea. Quería que fueran tres veces más anchas. Ello da la pauta de lo ambicioso de su proyecto. El entendió muy bien que para colocar el excedente de capital había que construir una ciudad que no había existido antes. La organización espacial de la ciudad no podía quedar del mismo tamaño, tenía que cambiar. Había que adaptar la organización de la ciudad al proceso de acumulación de capital, a otra escala.

En 1942 apareció por primera vez en Estados Unidos un artículo donde se realizaba una evaluación crítica del proyecto que Haussmann había implementado en París. En los años 50 y 60, se produjo una profunda transformación urbana del Area Metropolitana de Nueva York, una ampliación de su escala. A través de distintas obras públicas (túneles, puentes, etc.), se incorporaron a la ciudad partes de aglomeraciones pertenecientes a Estados vecinos. Se integraron Long Island, Connecticut, Nueva Jersey, etc.

A mediados del siglo XX había temor sobre cómo el capitalismo iba a sobrevivir a la amenaza del comunismo. Ello se dirimió en el marco de la Guerra Fría. Después de la posguerra, en los Estados Unidos había un gran excedente de capital que no tenía lugar donde ser colocado. Todo ese excedente tuvo que buscar un destino y terminó financiando el gigantesco proceso de suburbanización de las ciudades. Fue crucial para la supervivencia del capitalismo. En los años 50 y 60 se registraron una gran cantidad de proyectos metropolitanos y suburbanos. Ello fue central para la estabilización del orden capitalista. Autopistas, automóviles, caucho, equipos de refrigeración para las casas… todo eso generó una gran actividad industrial. Hacia allí fue el excedente. Estos proyectos entraron en crisis a fines de la década del sesenta, tal como ocurrió en 1867 en París. Posteriormente se registraron crisis de mayores dimensiones.

La pregunta que yo me hago es ¿cómo es el mecanismo de estabilización del capitalismo en la actualidad?. En la economía capitalista global se da por dos factores. Por un lado, el consumo masivo irracional financiado con una deuda externa pública muy grande y una deuda privada enorme. El otro factor es China. La mitad del cemento producido en el mundo en los últimos cinco años se he consumido en China. Ciudades nuevas han surgido por todos lados. Comparada con Shangai, Manhattan parece hoy un lugar pequeño, provincial. China se está urbanizando a una gran velocidad. Mike Davis habló sobre estos temas en su libro. Estamos hablando de un “huge country”. El mundo está muy involucrado en la urbanización de China. Países como Chile y Australia dependen mucho de China, por las demandas de materias primas.

Es aquí donde entra la importancia de lo urbano en el análisis de la economía política. Para ello, les voy a contar una anécdota de la ciudad de Nueva York. En 1975, el gobierno de la Ciudad de Nueva York entró en una crisis financiera muy seria. Los banqueros decidieron no prestarle más a la ciudad. La alcaldía apeló al gobierno federal, que tenía a Bill Simon como secretario del tesoro. Eran funcionarios liberales muy de derecha.

Simon declaró que deseaba que esta situación le doliera tanto a la Ciudad de Nueva York para que sirviera de ejemplo para otras ciudades de Estados Unidos. Este discurso fue utilizado para disciplinar a otras ciudades. El presidente Gerald Ford tenía un asesor: Donald Rumsfeld, actual secretario de defensa, cuya relación con Nueva York fue similar en ese entonces a la que ha tenido en los últimos años con Bagdad. En definitiva, los funcionarios dijeron que no iban a ayudar a Nueva York. En ese momento, la ciudad manejaba uno de los presupuestos públicos más grandes del mundo y se iba a la bancarrota. La situación llegó a tal punto, que el canciller alemán y el presidente de Francia se comunicaron con el presidente de Estados Unidos pidiéndole que haga algo por Nueva York, preocupados porque la economía global podía resultar perjudicada.

¿Por qué había ocurrido esto con Nueva York? Desde los años cincuenta, el centro de la ciudad había caído en un estado de decadencia. La industria se había ido a las afueras y la gente de mayor poder adquisitivo se había suburbanizado. Este fenómeno también había ocurrido en muchas ciudades del país. En los años sesenta, en lugares como Los Angeles, Detroit, Boston, Baltimore y otros se registraron levantamientos sociales, crisis de los ghettos.

Nueva York fue un caso pionero de disciplinamiento

Se había abandonado a las minorías a su suerte en el centro. Se generalizó en ese momento la idea de que había una crisis urbana. Había que resolver la crisis urbana, que era la crisis del centro de las ciudades. El gobierno federal incrementó los fondos para la reconstrucción de las zonas céntricas. Se invirtió en educación, en transporte público. Los sindicatos municipales se tornaron fuertes. En Nueva York se invirtió mucho en educación, pero la calidad no mejoró demasiado, porque se trataba esencialmente de un programa de empleo. A principios de los años setenta, el gobierno federal entró en dificultades financieras. Nixon declaró por radio que la crisis urbana había terminado.

Después de sus palabras esperaba ver en Baltimore –lugar desde donde había hecho el anuncio- a la gente contenta, festejando en las calles, pero nada había cambiado y el centro de la ciudad seguía siendo un lugar horrible (risas). Lo que en realidad Nixon quiso decir era que no iban a tener más recursos.

A fines de los años sesenta el excedente de capital se había canalizado hacia proyectos urbanos en el centro de Nueva York: oficinas, construcciones, departamentos, el World Trade Center. Pero no encontraron moradores para estos complejos. Se cayó el mercado inmobiliario y esto afectó las finanzas del Estado, que vio disminuida la recaudación impositiva. Hasta ese momento, los proyectos habían sido manejados por banqueros. La pregunta que me hago es ¿qué los llevó en 1975 a los banqueros a decidir no prestarle más a la Ciudad de Nueva York?

Cuando una entidad política tan importante está tan endeudada se necesita disciplinarla. El Banco Central de Japón, de China, de Taiwán podrían hoy en día parar la economía americana si dejan de financiarla. Estados Unidos se ha endeudado, entre otras cosas, para financiar la guerra en Irak. En la actualidad, el dinero que se recauda en los Estados Unidos va primero para pagar deuda y después se usa lo restante para los servicios estatales o municipales.

Si en algún momento tuvieran que optar entre el bienestar de las instituciones financieras y la gente, elegirían lo primero. Esto fue lo que hicieron los banqueros en Nueva York en 1975. Lo que pasó en Nueva York sirvió para que los organismos internacionales adoptaran este discurso y disciplinaran luego a otras economías del mundo. Nueva York fue pionera en esto. Lo que ocurrió en Nueva York coincidió con la aplicación del neoliberalismo en Chile. Bill Simon fue asesor de Pinochet. En Chile hubo un golpe de Estado y un disciplinamiento de la fuerza laboral.

A fines de los años sesenta la intención era reconstruir la ciudad, pero la magnitud de la crisis del mercado inmobiliario afectó las finanzas del Estado. Los banqueros tenían propiedades, pero no ganaban dinero. Se tuvieron que juntar para que el precio de la propiedad subiera: así crearon el Downtown Business Partnership. Contaron con una ventaja singular: el poder imperial de los Estados Unidos.

En 1973 aconteció la crisis del petróleo y muchos capitales fueron absorbidos por las economías de los países del Golfo Pérsico. Por informes de inteligencia desclasificados, hoy sabemos que Estados Unidos tenía un plan para ocupar y proteger los pozos de petróleo en Arabia Saudita. El embajador americano en Arabia arregló con los sauditas que el dinero de ellos iba a ser reciclado a través de los banqueros de inversiones de Nueva York. ¿Dónde lo colocaron?

La economía de Estados Unidos estaba en mal estado. Se prestó masivamente dinero a gobiernos de distintos países y signos políticos, se prestó mucho a Latinoamérica. Una empresa puede entrar en bancarrota, pero los Estados no desaparecen. Todo venía bien, hasta que en 1982 México no pudo pagar más y entró en acción el FMI para disciplinar al país. Sugirió cambios estructurales, privatizaciones, desregulaciones laborales, reformar el Estado, para mejorar la capacidad de pago. 1982 fue un año clave. Durante el primer año del gobierno de Reagan (1981), los republicanos habían querido sacarse de encima al FMI porque no la consideraban una institución neoliberal eficiente, pero luego comprendieron que era un instrumento útil para disciplinar a los países, disciplinarlos tal como había ocurrido antes con Nueva York.

Con respecto a Nueva York, pasó a especializarse más en servicios financieros y los desarrolladores comenzaron a venderla como un centro cultural, turístico, un lugar para vivir: inventaron el famoso logotipo “I love NY”. ¿Cómo iban a hacerlo, siendo los servicios municipales tan desastrosos? Es una contradicción, pero tiene un lado interesante. Resulta que mientras se vendía la ciudad como un lugar de consumo, con galerías y museos de arte, simultáneamente estaban echando gente en la municipalidad. Entonces los bomberos y la policía se juntaron y lanzaron una campaña llamada “NY, ciudad del miedo”. Iban al aeropuerto JFK con panfletos y le recomendaban a los turistas que no visitaran Manhattan, dados sus altos índices de inseguridad. Les aseguraban que si había algún incendio iban a tener que lanzarse por las ventanas, pues no habría bomberos para ayudarlos. Les pedían que no fueran en transporte público antes de las 9 o después de las 17, porque los iban a asaltar. Esta campaña trascendió hasta Europa.

Entonces todos se hicieron la pregunta ¿es Nueva York segura? La respuesta era no. Tuvieron que arreglarlo. Entonces se contrataron y asignaron mayor proporción de policías y bomberos a la zona rica e internacional de Manhattan, mientras que las afueras fueron abandonadas y la situación en esos lugares empeoró dramáticamente: crimen, epidemia de crack, marginalidad, etc. Se creó una gran división entre el centro de Manhattan, que pasó a ser un paraíso fortificado del capital internacional, y el resto de los barrios, que se incendiaban. Como totalidad, la ciudad se transformó en algo caótico.

En la actualidad tenemos un alcalde que es billonario, Michael Bloomberg, que simbólicamente se paga a sí mismo como sueldo 1 dólar por año. No es corrupto, no necesita ser corrupto. Él sostiene lo siguiente: “No vamos a subsidiar a ningún individuo o empresa para que venga aquí a Nueva York. Cualquier empresa que necesite subsidio no la necesitamos aquí, sólo queremos corporaciones, empresas que quieran radicarse en lugares de alta calidad”.

Si uno piensa en la gente, ahora hay personas que están emigrando de Manhattan por el alto costo de la vida, por ejemplo hispanos y latinos. Se está dando una reestructuración de la ciudad en función de los cambios registrados en la estructura de clases. Esto no es accidental, es premeditado. Si rastreamos lo que ocurrió en otros momentos en la ciudad y tomamos un ejemplo de lo que ocurrió a fines de los años sesenta, vale recordar que David Rockefeller y gente como él habían invertido mucho, apasionadamente, en la Nueva York en esa época. Ya habían intentado hacer de Nueva York una ciudad para ricos, a la medida de ellos. En los años ochenta hubo inversiones públicas dirigidas mejorar el clima de negocios en Nueva York, dirigidas a corporaciones e individuos que toman decisiones clave. Esto también es parte del proyecto neoliberal.

Otra regla práctica es que el Estado no retrocede en su involucramiento, como indicaría el neoliberalismo, sino que se involucra profundamente para crear un buen clima de inversiones. Si hay un conflicto entre el bienestar de la población y el buen clima de negocios, se privilegia lo segundo. Si hay que afectar un segmento de la población en pos de ese objetivo, se hace. Este ha sido el espíritu de la gestión en la ciudad de Nueva York.

Por una geografía urbana posible

Estas reglas neoliberales no condicen para nada con la teoría neoliberal. Hay toda una retórica sobre la libertad individual y de la libertad en general. Y pienso que hay una ironía cuando uno piensa que en el Centro Rockefeller hay una placa de bronce donde se lee cuál es el credo de los Rockefeller. Se habla del valor supremo del individuo. La ironía, por supuesto, es que desde 1860 en los Estados Unidos se han definido legalmente a las corporaciones como individuos. O sea que en realidad John David Rockefeller creía en el valor supremo de la corporación.

Esa es la retórica, pero no la realidad de lo que se trata las políticas neoliberales. Actualmente, se ha generado todo un abanico de movimientos sociales de resistencia en las ciudades Quiero sugerir algo sobre ellos. Frente a lo que Haussmann había hecho en su momento en París, o lo que Bloomberg está haciendo en estos momentos en Nueva York, no se trata de que ha surgido algo “en” la ciudad. Hay muchos movimientos sociales “de” las ciudades que actúan “sobre” las ciudades.

A mí me parece que lo que se tiene que hacer es pensar en la ciudad como totalidad, como cuerpo político, como un potencial centro de resistencia y saber qué es lo que tenemos que resistir. Las políticas neoliberales tienen que ser resistidas estrictamente en estos términos, resistir el poder de las instituciones financieras y resistir el privilegiar el clima de negocios a costa de la totalidad de la ciudad. Hasta que ataquemos estos fundamentos del neoliberalismo, han acontecido movimientos en pequeña escala que han funcionado por algún tiempo como espacios alternativos. Pero inevitablemente son o serán reabsorbidos por la dinámica dominante.

Haussmann o Bloomberg han tenido una manera de pensar la ciudad, algo que la izquierda ha tenido dificultades en plasmar. La gran pregunta no es qué clase de ciudad queremos sino qué clase de personas queremos ser. Las grandes transformaciones urbanas han cambiando quiénes somos, cómo somos y qué somos.

Y entonces, pensar en grande acerca de estas transformaciones es absolutamente crucial para articular una política alternativa de izquierda. No hay que concentrarse en áreas mínimas sino que hay que confrontar el cuadro completo. He usado el ejemplo de cómo el capitalismo actúa porque el capitalismo ha ido trabajando muy bien el tema de cambiar de escala, pasó de París a la Región Metropolitana de Nueva York y ahora a toda China. De lo que se trata es de transformaciones de escala.

Hay que reintegrar todos los muchos y diferentes conocimientos que se han generado en los últimos 30 años, culturales, psicológicos y ambientales, con un profundo conocimiento de cómo funciona la economía política del capitalismo. No es una tarea fácil, es muy complicada. Pero colectivamente tenemos la capacidad de empezar a pensar, de proponer, de hacer algo, de continuar con los pensamientos creativos y fascinantes que he escuchado en este simposio. Muchas gracias.

David Harvey es geógrafo, sociólogo urbano e historiador social de reputación académica internacional. Entre sus libros traducidos al castellano en los últimos años: Espacios de esperanza (Akal, Madrid, 2000) y El nuevo imperialismo (Akal, Madrid, 2004).

Traducido y editado por Desmond Power y Andrés Barsky para www.georedweb.com.ar a partir de una grabación realizada por Fernando Ostuni y Federico Fritzsche